
Tú, corrías como Cenicienta a las doce, sin tiempo que perder, con los zapatos bien atados. Yo, te seguía, sin saber por qué, sin saber a dónde, pero realmente no me importaba. Tú, parecías muy seguro de a dónde dirigirte, yo me cuestionaba si seguirte o tomar mi dirección. Tú volabas a cada paso, rutilante como una estrella fugaz. Yo estiraba los segundos empapando la vista de detalles. Tú parecías cegado por el enorme ovillo negro que bañaba tu cabeza de mal humor. Yo me desesperaba por tirar del hilo y deshacer la nube negra de una manera sutil. Tú no tenías tiempo para disfrutar de la mañana, del sol, del reloj, y de llegar tarde. Yo esperaba paciente el destino al que me dirigías. Tú, mirabas seriamente hacia el frente, sin fijar la vista en el horizonte. Yo suspiraba, desesperada por una pista, un detalle, un triste guiño. Tú, ibas concentrado en tu tarea, bañado en un silencio que me salpicaba y lo convertía en incómodo. Yo, buscaba una frase, una palabra que se pudiera intercambiar por tu respuesta, pero, ni con favor, ni sin favor, respondías a mis tartamudeos. Yo te miraba, esperando que tu mirada me correspondiera. Tú estabas demasiado ocupado con tu carraspeo para notar mis ojos sobre ti.
Y de golpe y sin parpadear, empecé a sentir todo el peso de mi cuerpo en los pies. Tú ni siquiera miraste hacia atrás. Yo me paré en seco, aturdida. Y decidí quedarme ahí. Tú no te diste cuenta de que me había quedado atrás. Yo dudé un segundo de qué manera cambiar mi dirección, y decidida, giré en el sentido de las agujas del reloj. Tu ni siquiera te cercioraste de mi presencia. Yo desaparecí entre el tumulto de la gente y el sonido de las cafeterías de mañana. Tú decidiste que el error fue mío ,yo decidí que el mal humor no es para mí, y menos si es de otro.
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